Día 4 Salimos de Casablanca por la carretera de la costa, con dirección a Al-Jadida. El tráfico es tan molesto y peligroso que nos obliga a buscar caminos, pero están embarrados y serpentean demasiado.
El domingo no fue un buen día. Se me vienen a la cabeza caminos llenos de barro, extravíos contínuos, el sonido repetitivo del claxón de todos los coches que nos adelantaban, la presencia de un cielo gris que a ratos descargaba cuatro gotas que terminaban de estropear el panorama. Era Domingo de Ramos, el primer Domingo de Ramos que fallo en la procesión de un pueblo de Salamanca desde que mi abuelo donó la talla de madera que la protagoniza. Yo daba pedales pensando en esto por no pensar en la realidad gris de aquel día y de aquellos grises caminos entre Casablanca y Al-Jadida.
De repente encontramos una carretera secundaria y vacía, bien asfaltada y embellecida por el sol, que al final se había dignado a pintar el atardecer. No teníamos muy claro si la carretera nos llevaba a un destino conveniente pero ¡qué mas nos daba! ¡una carretera sin coches, por fin!
Era uno de esos paraísos relativos... hasta que Ángel se cayó al intentar guardar la cámara de fotos en el maillot de Félix. Al principio pensamos que era un simple rasguño y contínuamos sin más. Ya estábamos pensando en acampar, porque anochecía, cuando divisamos una ciudad que parecía bastante grande.
Cuando entramos en Lbir-Jdid me asaltó la sensación de estar en territorio comanche. No sé si fue por los deprimentes bloques de pisos a la orilla de calles sin asfaltar, salpicadas de socavones y barro, o por las miradas de los habitantes que, como en tantos otros sitios de Marruecos, se encontraban en las calles sin ocupación alguna. Todo en Lbir-Jdid parecía marginal y gris, como caía en justicia aquel domingo. Creo que nos llegamos a preguntar si no sería mejor dormir en el campo.
Pero seguimos internándonos en la ciudad y llegamos a las calles comerciales. Se trataba de una ciudad crecida a lo largo de la carretera de Al-Jadida, y en las proximidades de la vía gran cantidad de tiendas y casas de comidas y una multitud felizmente dominguera nos rodeaban. Ningún turista estaría en Lbir-Jdid más tiempo del que necesitara para mear. Por nuestra parte, con el olor de las cocinas y la completa caída de la noche, no cabía duda: nos quedábamos a dormir.
Debíamos de tener una pinta inequívoca de perdidos por completo. Se nos acercó una mujer con un niño y comenzó a hablarnos. Nuestra sucia mentalidad de occidentales nos hizo pensar que pedía limosna. No. Había venido a ayudarnos porque sí, porque sabía algo de inglés y porque eso es Marruecos y la gente es mil veces más hospitalaria y amable con el extranjero que en nuestras podridas culturas. Uhm... ¿Hotel? No. ¿Beds? No. Where can we sleep? Uhm... ¿here? Y señalaba el soportal de una farmacia cerrada. Debímos de poner una cara chunga, porque se puso a pensar y nos propuso otra idea: Vamos a la policía.
Entre otros comentarios más o menos míticos que he escuchado en España se dice que la policía marroquí es interesada y corrupta y que para obtener su ayuda hay que soltar dirhams. Por mi parte sólo puedo decir que el trato que nos dispensó la Gendarmerie Royale fue exquisito y mucho más allá de sus obligaciones. Cuando comenzámos a hablar con el policía que parecía llevar la voz cantante, la mujer que nos había ayudado se despidió, no sin antes insistir en grabar su número de teléfono en uno de nuestros móviles por si teníamos algún problema y necesitábamos su ayuda (!!!). Al final decidimos acampar en un edificio oficial que había al lado de la comisaría, protegidos por un vallado y por la presencia inminente de los polis, que además nos ofrecieron guardar las bicis en los calabozos. (eran como los calabozos de los comics o las pelis del oeste!). Nos fuimos a cenar a un bar cercano, un curioso establecimiento en el que el camarero sacaba constantemente de su riñonera bolas de hachís que vendía a su jóven clientela sin mucho secretismo. Era un sitio peculiar: cuando pedimos comida nos dijeron que no había problema, que nos fueramos sentando... y mandaron a un chaval a por comida a otro bar. Al poco llegó una pareja de nuestros anfitriones policías y le hablaron al dueño señalándonos. Algo tendría este gesto que ver con que nos cobraran la cantidad más barata que pagamos en Marruecos por comer los cuatro: 50 dirhams todo, incluyendó unos tés de parte de la casa (algo menos de 5 euros).
Me desperté a las cinco de la mañana con un frío del carajo, que se colaba por la "puerta" de la tienda de campaña. Pero no me había desvelado el frío, sino el cántico de tono amenazante del almuecín, la primera llamada del día a la oración, tan temprana que sólo acuden los musulmanes más integristas. Qué quieren que les diga, son muchos telediarios y mucho 11-S y mucho 11-M: cuando te despiertas en Lbir-Jdid, a las cinco de la madrugada, entre las voces amplificadas por la megafonía en un idioma que no entiendes y estás durmiendo en la puta calle y ayer fue el peor día del viaje... Bufff. Sólo queda intentar volver a dormir.
Lo conseguí. A las siete no fue ni el cántico ni el frío. Era la lluvia, que repiquetaba en el techo de la tienda de campaña. Joder. Lo que faltaba. Unos minutos después Ángel nos daba otra mala noticia: la herida le dolía bastante, el día anterior había estado demasiado rato sangrando y no la limpiamos a tiempo. No era un simple rasguño sino un pequeño agujero. No podía pedalear. No íbamos a llegar con las bicis a Marrakech, ni al Atlas, ni siquiera a Al-Jadida. Sellamos la herida con unos puntos comprados en la farmacia y buscamos un camión para poder cargar las bicis y llegar a Al-Jadida, dónde habría hoteles y podríamos pasar los días que nos quedaban hasta pillar el vuelo de vuelta. Lo de buscar el camión nos llevó unos diez minutos, siendo generosos. Y allí empezaba otra aventura. Para lo bueno y para lo malo, aquello era Marruecos.