Memorias de un estudiante calavera 3
Al principio te sorprendían esas listas de notas: 15% de aprobados, 35% de suspensos, 50% de no presentados. Lo que dejó pronto de sorprenderte era ver tu nombre entre las mayorías. Normal, si a veces la pizarra se llenaba de signos extraños que ni siquiera conocías. Copiabas, eso sí, con la esperanza de algún día entenderlos. Ahora no parece para tanto, ya, quizá porque a la fuerza desarrollaste cierta capacidad de análisis, y esa habilidad para solucionar los problemas poco a poco, por partes, como si de una guerra de guerrillas se tratase.
Creo que conozco la razón de tus fracasos. Nunca te pareció que esto fuera una cosa seria. Que un matiz en la sintaxis de una línea de código evite o permita que una bombilla se encienda no es un asunto por el que merezca la pena desvivirse. Todo era demasiado pequeño, concreto... nada era verdaderamente humano. Y deducir la tensión en un punto del circuito por su topología... no merecía la pena.

Se suponía que todo eso tan pequeño y concreto tenía un objetivo final, una gran causa abstracta que justificaba tanto esfuerzo. Bien, pues aquí estamos, ya hemos llegado. Atrás quedan tantos días en tantas bibliotecas -medio libro de Umbral leído del tirón- con los apuntes intactos, expectantes, que entran en la mochila como salieron. Y ahora no tienes tan claro eso de que somos salmones fuertes y luchadores y que es hora de sacar la cabeza del agua. Aunque todo puede ser, Calavera, todo puede ser. Porque al fin y al cabo, ¡qué coño!, ya has aprobado todas. Por fin.


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