Aparentemente era una persona de maneras educada y correcta, sus vecinos de su piso de Alcalá de Henares le respetaban y nunca tuvieron problemas con él. Su familia le quería, tenía dos hijos pequeños y una esposa que le cuidaba cuando salía deprimido de sus clases.
Él era una pieza más de las muchas que formaban el motor de la sociedad, una pieza simple, bien colocada y con un futuro ya impuesto como casi todos nosotros: trabajo, familia y estabilidad.
Todo era normal en su vida hasta que de la noche a la mañana creyó ser Jesucristo y empezó a ver el mundo con solipsismo. Nadie sabe si esto se debió porque se le cayó encima el cielo, si absorvió los poderes de Jesús en sus sueños, si leyó la biblia del derecho y del revés, si sufrió de existencialismo como Gregor Samsa, si tuvo una enfermedad maligna y la superó inexplicablemente, si era religioso en extremo, si tomaba drogas, si su mujer le puso los tochos, etc.
Nuestro Jesucristo estaba convencido de que la Muerte no podía con él y que su lenguaje era universal: el del amor, la salvación y la reencarnación. Cambió sus vaqueros por una blanca túnica y sus zapatos por unas sandalias de cuero, daba igual que lloviese, nevase, granizase o hiciese más frío que en Alaska su filosofía le protegía de todo.
Su familia acabó por abandonarle y él se quedó en el piso de toda la vida de Juan de Austria. Jesucristo acabó por convertirse en un personaje famoso e inolvidable de las calles de Alcalá de Henares, era imposible no fijarse en él. que la gente no murmullase cuando se le cruzase, no había día que no organizase excesos de autoconfianza. Dejó las puertas de su casa abiertas de par en par para que tuvieran techo los mendigos, toxicómanos, prostitutas y demás gente del gremio de la locura y la mala vida. Los vecinos del portal no sabían qué hacer para poner remedio a los orines y demás suciedades del cuerpo humano que dejaban sus invitados y seguidores (sé que tenía uno). Estos llamaban a la policía cada dos por tres y acabaron por hacer protestas con pancartas en los balcones pidiendo soluciones y enfrentándose a los sublevados y al ayuntamiento.
Nuestro hombre humilde paseaba por el asfalto de la carretera como si hubiese descubierto el Mundo, sin importarle lo que pensasen los vecinos. Se enganchaba durante horas a las farolas para robarles la energía, colgaba un cartel al cuello anunciando que vendía sus órganos por unos cuantos millones de pesetas, cruzaba las carreteras con una mano tapando sus ojos y otra de frente para seguir el camino de sus poderes, hacía funambulismo en la barandilla de su terraza sin importarle la gravedad, se exponía peligrosamente delante de las vaquillas para domarlas con la mente, estas pasaban por encima de él sin importarles sus poderes mágicos. Una de las muchas veces que le vi, fue en los últimos encierros que se hicieron en la antigua Plaza de Toros de Alcalá de Henares, se lo tuvieron que llevar en volandas medio grogui a la enfermería con la túnica como un trapo rota y sucia, en la cabeza debía tener más chichones que un político el día de los parados.
Este mesías fue parte de mi vida cuando fui inocente y menor, ya que era vecino de Susana, la chica norteamericana que me daba clases particulares de inglés. Siempre me acuerdo de él en estas fechas familiares porque me lo crucé una noche 24 de diciembre en mitad de la carretera yendo a Nueva Alcalá. No lo atropelló mi tío Alfonso por los pelos, nos tuvimos que subir a la acera con la furgoneta para no matarlo mientras mi tío gritaba improperios al viento y daba puñetazos al volante.
Apareció en titulares un día cualquiera de primavera de finales de los noventa en la revista semanal Puerta Madrid. Decía que un conocido alcalaíno... conocido por todos como Jesuscristo murió... tal día en la famosa terraza de su piso. No esclarecía si se resbaló de la barandilla o si se tiró para probar sus poderes, el caso que cayó con tan mala suerte de cabeza. R.I.P.
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