Archivo: Febrero 2009
La 60º de las mejores fotografías de Grouchoo, Serie Other point of view (51-60): Tira de Pruebas

Acabo la Serie Other Point Of View con la nº 60, titulada Tira de Pruebas: la elección de un negativo. Esta foto la tengo ahora en el fondo de pantalla. Sólo he querido hacer un pequeño homenaje a la fotografía analógica, a esa época emocionante en la que ibas a una boda y sólo hacían fotos el fotógrafo de la boda y algún friki por hay suelto, pero unas pocas porque el carrete como mucho era de 24 o 36 fotogramas.
MÁSCARAS I

Máscaras es un término vocablo que está cambiando, variando, transformando mi mundo de mentiras y verdades a cada instante que leo esta reflexión, declaración de intenciones (Marcos: El señor de los espejos, de D. Manuel Vázquez Montalban). Las máscaras no son el pasamontañas, muchas veces pueden ser las mentiras de los gobiernos corruptos y políticos de barro, la sonrisa falsa, la ocultación de las medias verdades... Tu Marcos que entiendes de palabras sueltas, yo te escribo de manera otoñal, ya que se diseca la más tierna flor, y la rosa se marchita. Espero que sigas luchando por la verdad y no lo conviertas en una distopía para pasar a ser mármol mitológico o terrorismo transformado en un souvenir de una añoranza falsa revolucionaria.
¿Dónde quedaran aquellos tiempos? Grouchoo 3-XII- 2004
MÁSCARAS II

No. No hay verdades únicas, ni luchas finales, pero aún es posible orientarnos las verdades posibles contra las no verdades evidentes y luchar contra ellas. Se puede ver parte de la verdad y no reconocerla. Pero es imposible contemplar el Mal y no reconocerlo. El Bien no existe, pero el Mal me parece o me temo que sí.
Subcomandante Marcos
POEMA DE WALT WHITMAN
Creo que podría transformarme y vivir con los animales.
¡Son tan apacibles y dueños de sí mismos!
Me paro a contemplarlos durante tiempo y más tiempo.
No sudan ni se quejan de su suerte,
no se pasan la noche en vela,
llorando por sus pecados,
no me fastidian hablando de sus deberes para con Dios.
Ninguno está insatisfecho,
a ninguno le enloquece la manía de poseer cosas.
Ninguno se arrodilla ante otro,
ni ante los congéneres que vivieron hace miles de años.
Ninguno es respetable ni desgraciado en todo el ancho mundo.
Teoría de Esther (4)
En memoria de aquel viejo fax
Ya han ocupado sus puestos cuando llegas a la oficina. Dejan por un momento de leer el As en la pantalla y responden a tu susurro con un casi inaudible buenos días. Quizás alguno descubra al vuelo que hoy el rosa de tus labios es más rosa, o que has vuelto a pasarte por el Massimo Dutti o que un sms inesperado te ha contagiado la sonrisa mientras ibas en el tren. O quizás todo esto no lo advierta nadie, y estos detalles que imagino se pierdan inevitablemente en el pozo de la rutina de otro día en el trabajo.
Más tarde recorrerás el pasillo poniendo firme a la oficina. Disimulan las miradas pero te están viendo mientras boxeas con la fotocopiadora porque no has sido capaz de convencerla con palabras amables. También hablas con el PC, con los cuadernos y contigo misma sin darte cuenta, y sin darte cuenta te están escuchando y te están mirando y se están derritiendo un poco más cada día en la rutina de tus idas y venidas por el pasillo.
Veo todo esto cada vez que cierro los ojos, Esther. Lo veo. Veo a tus compañeros, los estoy viendo y los estoy envidiando porque el tren no me lleva a tu oficina, Esther. Lleno el vacío de los hechos con el veneno de la sospecha, y me pregunto quién de ellos trazará el mapa de tus lunares, con quién estás compartiendo los cigarros mientras yo cierro los ojos, Esther.
Al final del día no hay ningún rosa impostor que mienta sobre tus labios. Susurras un hasta mañana y algunos minutos después llegas al vagón en el último momento, justo cuando suena el pitido del cierre de puertas... Entonces abro los ojos, veo cómo te sientas y cómo deshaces el lío del abrigo y el bolso y sostienes el móvil, y veo que se te escapa una sonrisa juguetona cuando empiezas a teclear la respuesta de aquel sms inesperado...
Teoría de Esther (3)
- En el mundo hay dos superpotencias, Esther, los americanos... y tú.
Cuántas tonterías te dije, Esther, y cómo te reías. Te partías de la risa, Esther, me acuerdo mucho de aquella época y comparo y me doy cuenta de que me gustabas más cuando tenías quince años, cuando eras una sonrisa andante y un jaleo mental. Volvíamos a casa chocándonos, maldiciendo el último litro de kali, y nos quedábamos hablando en un banco del barrio hasta que te veías en condiciones de subir a casa. ¿Sabes? Yo todavía te imagino así, pisándote los bajos de los pantalones, jugando fatal al futbolín, compartiendo tu ombligo con el aire del verano. Ahora ya no tienes quince años, Esther, y no llevas la misma sonrisa, aunque ahora que lo pienso es posible que sí lleves el mismo jaleo mental. Pero ya no sé cómo eres, ya no se quién eres, Esther, ya no nos une el kali ni el barrio ni el verano, y es como si una turba de rostros y voces se hubiera interpuesto entre nosotros, cortando el último hilo de complicidad y dejándonos aislados como dos extraños más que comparten tren y aire y mañanas y miradas pero que no se saludan y no comparten litros ni jaleos. Ahora que ya no sé quien eres, Esther, cierro los ojos y te imagino con quince años, tan concentrada en el futbolín, tan encantadoramente desastrosa, tan a medio hacer y tan perfecta en mi recuerdo. Me parece que algo has ganado y que algo has perdido en el camino, Esther, pero creo que me gustabas más cuando tenías quince años, y me gustaría que por un momento todo fuera como entonces, que tirases el bolso y los tacones y el abrigo, que se fuese este frío de Madrid y volvieras a compartir el ombligo con el aire cálido, y que volvieras a chocarte conmigo, Esther, y volver a ver como te levantas de golpe del banco y caminas decidida y desapareces en el portal mientras me quedo pensando tonterías nuevas para decirte mañana, Esther.


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