Pereza
Pero siempre está de fondo la escritura, la obligación de mirar el mundo con afán de escribirlo. En cuanto he dejado de trabajar con un horario riguroso y he empezado a vivir con tiempo para todo, para estudiar, para impulsar el proyecto de fin de carrera, me he deslizado irremediablemente a la literatura, aunque sea a la literatura interior, a leer 4 libros a la vez y pensar en uno mío, en una novela. (...) Explicar eso, el aquí y el ahora de mi generación, la generación mas preparada, culta, abierta al mundo de la historia de este país. Y sin embargo vacía, frustrada, infantilizada. Debería contarlo alguien en una buena novela. Quizá yo.

Pero la pereza me mata. Soy vago, indolente, abúlico, perezoso. Sufro por la distorsión entre la acción que me gustaría emprender y la que realmente emprendo, por el margen que separa la teoría y la práctica. Por eso me gusta como se van desarrollando los temas en el blog, chispazos, carreras de velocidad que van quedando ahí y nos van marcando.
Vivo sin apenas referencias, volcado a la voluptuosidad del alcohol y la fiesta en los fines de semana y a la soledad y la melancolía en los días nublados de primavera. Me sorprendo a mi mismo en mi vigor dando pedales por los campos verdes y rojos de amapolas, y a la hora siguiente me encuentro solo en mi habitación, hastiado de internet y de los libros y sin saber que es lo que realmente me apetecería hacer. Ciclotímico, raro.
En cierto modo el viaje a Marruecos, y el de Portugal, y el de La Mancha, son triunfos de la acción, homenajes al verbo HACER. Ahí está la memoria, las fotografías y los ojos que vuelven llenos. Y sin embargo, siempre tengo la sensación de estar pero no estar, de haber ido pero no implicarme al 100% en el momento concreto. Dificultades tremendas para concentrar la atención y prolongar el esfuerzo en el tiempo. Y el tiempo pasa. Tempus irreparabile fugit.


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