La Cultura Popular: LOS CHICHOS
Alguien reprochó a la cantante Bebe el hecho de que en su primer éxito hubiera elegido un ritmo movido y pegadizo para un tema que hablaba del maltrato. La artista extremeña se justificó evocando su educación musical: “Yo he crecido escuchando a Los Chichos”.
Las rumbas del trío madrileño son conocidas por su tono desenfadado, esa música setentera y algo cutre que invita al bailoteo. Pero lo cierto es que entre los versos de Jeros se encuentra, rotunda, la tragedia: “me paso día tras día en esta celda llorando / sin saber si tu estas viva, sin saber si te han matado”.
No se puede entender el fenómeno de la rumba pop sin esa dualidad de fiesta y drama. En los míticos videos de sus actuaciones vemos a bailarinas sonrientes, trajes de colores imposibles, vuelo de pantalones acampanados y alocados movimientos de cámara al más puro estilo de Valerio Lazarov. Hay mucho de show, sabor a rumba, la prehistoria de lo que luego sería el flamenkito en el contexto de la España del destape y el cassette de gasolinera. Pero al reparar en las letras, rápidamente nos golpea la tragedia. Traiciones en forma de chivatazo, cárcel, navaja, droga. Adulterio que se venga con sangre. Fatalismo de raza gitana envuelto en los compases que Peret y El Pescaílla habían hecho célebres.
Ese rasgo bipolar está en la vida misma de Juan Antonio Jimenez, Jeros. Vallisoletano de nacimiento, fue llamado a toda prisa por los hermanos Emilio y Julio González para que los acompañara en una actuación que tenían contratada en Vigo. La voz elegante y gitana se unió a una capacidad excepcional como letrista para consolidarlo en el grupo y recorrer en él un camino de ascenso fulminante hacia el éxito de talla nacional. Aun hoy en día siguen en el imaginario popular canciones como “Ni más ni menos”, “Son ilusiones”, “Mami” o “La historia de Juan Castillo”. Pero al triunfo de Jeros estaba soldada su tragedia. Primero, la separación del grupo para emprender una irregular carrera en solitario. Después, el infierno de la heroína, las estrecheces económicas, la imposible adaptación a una época -los noventa- nueva de gustos y vieja de complejos. Como en un último verso de dolor y drama, el Jeros murió al lanzarse desde el balcón de su piso de Entrevías.

Yo, como Bebe, también he crecido escuchando a Los Chichos. Son pieza esencial de la banda sonora de mi infancia, cintas amarillas ordenadas con celo en un cajón, el chasquido del autoreverse en al radiocassette del coche. Hubo un largo lustro de abandono, entre los complejos de la adolescencia, pero ya hace unos años que volví a escucharlos como quien regresa a la patria abandonada de la infancia. Escuchar la voz de Jeros, o el sonido inconfundible del sintetizador, supone una huída instantánea a aquellos años en los que yo no entendía muy bien qué quería decir eso de "un dia llegué al hogar y el niño de cuatro años / me dijo: papá querido,la mamá te esta engañando".
Quiero reivindicar la cultura popular -que nos ha hecho ser quien somos- con una serie de post sobre algunos temas que me motivan y me emocionan. Creo que era oportuno empezar con una mezcla de fiesta y drama, metáfora de la vida en canciones del ritmo pegadizo que siempre me arranca una sonrisa. Y ahora, si me permiten, voy a ponerme alguna de Los Chichos. Ni más, ni menos.


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