A la manera de Vázquez-Montalbán
Hola amigos. Hoy me he propuesto un juego: escribir el arranque de una novela de la serie del detective Carvalho, a modo de ejercicio tontorrón y de homenaje a Vázquez-Montalbán, el creador de un personaje fascinante.

Una voz entubada salía de algún agujero escondido en el techo del vagón, diciendo las mismas tonterías en castellano, catalán e inglés.
- Les rogamos que permanezcan en sus asientos hasta que el tren se detenga.
Todo el vagón se puso en pie con el tren en marcha, excepto Carvalho, que permaneció en su asiento imaginando a la señorita de la voz entubada y mirando a los gilipollas que se habían levantado antes de tiempo y ahora se chocaban entre ellos, golpeaban los asientos y se abrían unos a otros la cabeza con esas maletas de ruedas que imponía la moda. Había pasado el viaje en permanente enfado, maldiciendo el momento en que sacó el billete de aquel tren ultramoderno lleno de ejecutivos-cotorra adictos al móvil y niños dando la vara. A la altura de Teruel había descubierto la cafetería, y seis cervezas después, mientras el tren sobrevolaba algún páramo de la provincia de Lérida, otro descubrimiento feliz: el culo supremo de una azafata digna del mejor cine italiano de los sesenta. Un culo del siglo pasado, se dijo empachado de nostalgia. Añoraba el siglo XX todos los días, ese siglo desastroso que vino a definir a la humanidad como un virus, el siglo de Hitler y el comunismo, Hiroshima y Franco, pero un siglo con culos soberbios y trenes en los que nadie hablaba por el móvil.
Se había quedado solo en el vagón cuando recogió su maleta sin ruedas y salió al anden de Sants. Había decidido volver a Barcelona por unos días, con la excusa de papeleos y vacaciones, dejar la capital extranjera a la que no era capaz de adaptarse y forzar el reencuentro con la ciudad de su vida en una decisión con tintes masoquistas. Para qué sufrir a estas alturas, para qué volver a Vallvidrera y a La Boquería, para qué Biscuter y Charo, para qué vivir. No tenía respuesta. O quizá la respuesta era la nostalgia, el deseo de amargura y pena, el vértigo de sentirse protagonista de un bolero.
Ya en el vestíbulo de la estación, Carvalho se detuvo un momento para observar el espectáculo del rebaño humano. Tantos años de nacionalismo antiespañol, y finalmente Ecuador y Nigeria habían conquistado Cataluña por la vía del aquí me quedo.
- Se habla mucho de los chinos, jefe, pero ya le digo yo que el verdadero peligro se llama Bangladesh. Diez veces más densidad de población que China, tres veces la de la India y subiendo, jefe, Bangladesh conquistará el mundo y es posible que hasta conquiste Cataluña en este siglo. Y si no al tiempo.
Como quien va a buscar a un pariente que viene del pueblo, Biscuter había ido a la estación a esperar a Carvalho, que no sabía cómo el hombrecillo se había enterado del horario y la fecha y aun seguía perplejo cuando cedió a la insistencia de este por llevarle la maleta. Caminaron juntos hasta la oficina de alquiler de coches. Sorprendido por los altos precios que le gritaba una muchacha gordita desde el otro lado del mostrador, eligió la opción más barata y no tardó en arrepentirse cuando vio el botijo esperando en el aparcamiento de la estación.
- Pero si estos coches rumanos son duros como el acero, jefe, queda estadísticamente demostrado que son los que menos pasan por el taller.
El cabreo había espantado la nostalgia. Se dio cuenta al final, cuando desaparecía el recuerdo del tren y sus ejecutivos-cotorra, cuando se diluía la desagradable sorpresa de sentirse controlado por Biscuter. Condujo aquel botijo rumano por instinto, enfilando por el Carrer de Tarragona mientras sentía marchar el cabreo y afianzarse la tristeza inevitable, el recuerdo de otros tiempos mejores aferrado a alguna víscera sin nombre. Al llegar a Plaza Espanya ya estaba derrotado y quiso huir de la ciudad. Desestimó el giro hacia Paral·lel para sorpresa del copiloto Biscuter, que aun así continúo con su cháchara vacua hasta ver alejarse la oportunidad de Las Ramblas.
- ¿No vamos a la oficina, jefe? Pensaba preparar un panellet con vino especiado...
- No, nada de eso –lo interrumpió bruscamente Carvalho- Nos vamos a comer al Montseny.


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