Pequeñas historias de la vida diaria (III): El Pintor

Entro a mi sucursal un hombre largo, musculoso, con melenas rubias, pantalones sucios de tela verde con rodilleras negras y camiseta desgastada. Venía con una carpeta de cartón gigante agarrada por unos hierros finos a la espalda, se presentó como pintor y nos ofrecía (a mí y mi compañero Jose Luis) enseñarnos sus obras de arte. Jose Luis que venía a hacer una sustitución de unos días, es un hombre cincuentón, con gafas de montura mafiosa, calvete en la coronilla, muy agradable en todos los sentidos y parlanchín de buena conversación, le respondió de forma contundente: no gracias muy amable, mientras miraba a los papeles que colocaba como si fuesen lo que eran papeles para triturar. Sin embargo, yo le dije lo contrario "sí, mira a pesar que esté ahora ocupado, si quieres puedes esperarme relajado en la oficina de la supuesta directora y en vez de poner los cuadros en mitad de la oficina para enseñármelos ponlos en el despacho de la directora que no pasan los clientes y así no los pisan y destrozan ". Me respondió con un "ok", a la vez que movía la cabeza para arriba y para abajo.
Según pasaron los atropellados minutos , el pintor decidió él sólo colocar sus obras delicadamente por el suelo de la oficina, hasta que le dije que como tenía que salir a desayunar y el tiempo que me correspondé es media hora, que se esperase en el bar-hotel El Asador de enfrente que iba en cuanto pudiese para allá y así no tenía que estar en la oficina esperándome a la vista de todo el mundo. Yo siempre desayuno en este lugar y conozco a los camareros del bar y sus clientes. Justamente en ese periodo que quería salir no pararon de llamar clientes: que sí había mirado el crédito de un tal Zubizarreta para comprar un barco, que sí una tal Julia había sido concedida su préstamo en riesgos, que sí podía hacer unas transferencias a la "Fura de Barçelona", que llamase a personal para comunicar que mi compañero estaba de baja, etc.
Después de media hora volvió Felix, el pintor sin sus cuadros. Le dije que no había salido porque estaba hasta arriba de trabajo, que si quería que se fuese, pero que si esperaba hasta que acabase de atender a los clientes, le invitaba de nuevo a desayunar, accedió y nos fuimos a los pocos minutos al bar-hotel y le invité a un zumo de naranja natural. Mientras yo miraba los cuadros desayuné lo de siempre: un café con leche en taza de loza blanca con un croissant a la plancha con mermelada de melocotón. Me mostró todos sus cuadros, me encantaron, le dijé que me contase las historia de cada uno de ellos ya que un cuadro sin historia es como un hombre sin amor, más tarde me preguntó sobre mi vida, y sobre como veía España. Entre medias le dije que me señalará sus preferidos, y que me comentase cuáles eran sus motivaciones en la pintura y ya de paso en su vida.
Al final seleccioné los cinco que más me gustaron, y de esos cogí los dos que más me impresionaron: un paisaje de una playa en blanco y negro de una noche en un puerto de Italia y un retrato hecho con arena de playa del rostro de una mujer africana muy guapa. Lo tenía claro al elegirlos quería el más colorido y esa era el de la mujer africana: preciosa de perfil delicado, nariz perfecta, labios carnosos, etc. Me daban ganas de besarla y acariciarla. Sentí alegría y ganas de seguir viajando por el mundo y conocer otras culturas muy desconocidas por mí incultura.
Quizá si hasta incluso Felix, pintor y profesor de autoescuela en Croacia, me hubiera enseñado un cuadro como uno de mis preferido de Joaquín Sorolla, La playa de Valencia, hubiese igualmente elegido mi mujer africana.

Más tarde vinieron a nuestra mesa dos mujeres rubias con un bebé mulato, ellas estaban a nuestro lado observandonos y se acercaron para decir a Felix que le compraban justamente mi cuadro, porque les parecía precioso, ya que lo llevaban hablando desde hace un rato. Le dijo mi nuevo amigo que el cuadro ya era mío por 60€ (que todavía no le había pagado) y que además me lo había dedicado (que tengas suerte en croata.) Ellas dijeron que si tenía otro igual (lo típico) se lo compraban porque ya anteriormente le había comprado su marido negro unos rosotros africanos. Según explicó el pintor esa era el único rostro que tenía en esos momentos pero que tenía muchos cuadros más que ofrecerles. Ellas insisteron que podían darle algo más por él, pero la venta ya estaba hecha y mi cuadro estaba mirándome sentado sobre la silla de enfrente. Ellas ya lo sabían pero querían meter el dedo en el ojo, en España la envidía es el principal deporte.

Cristina en la terraza de mi casa de Parque Los Nogales, Alcalá de Henares con mi cuadro la tarde del día que lo compré, Octubre del 2008.

El cuadro lo puse encima de mi escritorio durante una semana, para verlo todo el rato y poder disfrutar de ese bonito rostro con mucha vida.

Este es un rostro a carboncillo que pinté este invierno en la escuela de Arte de Dundee (Esocia), con un modelo real. Mi profesro Ewan, ha sido de las mejores personas que me crucé por Escocia. El modelo era un chico portugués que vivía en Dundee, hacía de modelo para los estudiantes de bellas artes los fines de semana para ganarse un dinerillo y poder seguir estudiando danza. Lo de Olé lo puse yo para dar al cuadro un toque flamenco que es lo que más me inspira.


Meneame
del.icio.us



