Ferias
Este verano trae muchachas morenas de tantos días y tantos soles en la piscina del pueblo. Mientras ellas juegan a pincharse con una aguja de césped, hay un ruido constante de chapuzones. Son los chavales, que ensayan mil acrobacias un día tras otro, - de cabeza, voltereta, bomba, clavo, de espaldas... - mil acrobacias destinadas a las muchachas morenas, que por supuesto no les hacen ni caso y siguen robando el sol y acariciando el césped.
Este verano trae los días eternos, las horas lentas, la vocación alegre de los que están a tiempo de todo y aun no están hechos del todo. A la noche van mensajes de ida y vuelta a través de las amigas, que le gustas que te gusta que me ha dicho que no te ajunta. Y van formándose parejas y decepciones, heridas en las rodillas y marcas de los tirantes.
Este verano llegarán las fiestas de paquito el chocolatero y rollete fácil. Algún flacucho desorientado le dará el primer trago de su vida al whisky cola, pondrá una mueca de asco y la quitará rápido, un segundo antes de que los otros se den cuenta. Justo al lado, en la peña, una de las muchachas morenas descubrirá un secreto en la mirada rapaz de los chicos mayores, en las espigas delatoras pegadas a una camiseta. Mientras tanto, a lo lejos, la orquesta sigue metiendo ruido y quizá otro flacucho se pierde entre el gentío y el aire polvoriento y asombra su corazón de música y de pena. Después se hará de día y dejará a la luz el maquillaje corrido. Hay olor a después en el callejón y un cigarro precoz que sabe a rayos.
Ya llegará septiembre quitándole sombra a las pieles. Es la máquina inexorable del después. Pero no hablemos de eso, pues aun queda mucho. Sólo digamos que es este, que es ahora: el verano de los besos nerviosos en las afueras del pueblo. Y que a esos no hay septiembre que los borre.


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