El autobús de la línea 2 es frecuentado por los soldados de la Brigada Paracaidista y por los estudiantes del Campus de la Universidad de Alcalá. Así que durante varios años les he visto correr hacia la parada, subir con el macuto al hombro y pasear sus cráneos rapados por el autobús hasta encontrar asiento. Los soldados son chavales de 19, 20, 21 años, clase media baja, sonrisa de fin de semana y aire de estar encantados de sí mismos. Las estudiantes miran con disimulo desde detrás de sus carpetas y yo afino el oído para distinguir el acento que gastan los soldados, mayoritariamente sudamericano y andaluz.
Cobran una mierda y por eso se apuntan todos para ir al Líbano, a Afganistán, a Kosovo, aunque yo creo que no saben muy bien donde está eso en el mapa ni porqué allí se matan los unos con los otros. En las misiones de la ONU pagan muy bien, muchos talegos por estar unos meses a tiro, un poco de acción y una experiencia. Me lo contó una militar que curró conmigo en un cutre trabajo temporal, para sacarme unas pelillas porque a los soldados rasos nos pagan muy mal, sabes.
El otro día reventaron a seis de los chavales, seis como los del bus, seis de ellos. Fue en el Líbano, en una aldea cuyo nombre no sabían pronunciar, un petardazo que se escuchó a varios kilómetros a la redonda. Quedaron tan calcinados que para identificarlos han tenido que tirar de ADN y dentadura.
Se podría haber evitado por 20.000 euros, lo que cuesta un inhibidor de frecuencias que desactiva el control remoto de la explosión. Pero como los inhibidores no llegaron a tiempo, se ha decidido condecorar a los chavales con la Cruz al Mérito Militar. Qué suerte. Allí estaban todos los políticos con corbata negra, el Príncipe y la Princesa. Medallitas y un cura diciendo nosequé de la paz y la alegría. La oposición portaba barro en las solapas del traje, de arrastrarse por el suelo en los días anteriores intentando recortar tres votos, claro. Que si la misión era de paz o de guerra y esas cosas, que dé la cara el presidente, que los mandasteis vosotros, que quítate tú pa ponerme yo.
Pienso en los chavales del autobús. Qué poco tienen que ver sus realidades y sus sueldos con los de los discursos de palabras gastadas: condolencia, barbarie, sentimiento, apoyo, abrazo, la gran labor que desempeñan, tralarí tralará. Para qué coño sirve una medallita impuesta a un muerto, qué clase de mérito tiene tragar 70 kilos de dinamita.
Y a mi, como diría Ferreiro, a mi me da que todo es de mentira.