Memorias de un estudiante calavera 2
Ya casi no te acuerdas del goteo, de las asignaturas que fueron cayendo lenta y dolorosamente. Quedan olvidados todos esos métodos matemáticos, la física, los alternadores, los laboratorios y esos bucles que programabas. Tus ojos han visto osciloscopios ardiendo más allá de Orion, fasores brillando en la puerta de Tanhauser, pero todo eso ya no está en tu memoria caché, ni en la RAM, y es posible que ni siquiera en las recónditas neuronas que ejercen de disco duro. Ya casi cantabas victoria, como los romanos cuando toda la Galia estaba ocupada por el invasor. ¿Toda? ¡No! Una asignatura poblada por irreductibles tiristores resiste todavía y siempre al aprobado. Era sólo una, y parecía que ya todo estaba hecho, pero no, no.

Todos se habían aprendido la puñetera fecha del último examen, y llamaron los abuelos, las tías, tus amigos opinaban que ya era hora, llegaban mensajes al móvil, bienintencionados, cariñosos. Pero todo venía a recordar, de paso, la realidad de jugarse el tipo a una carta y en una tarde. Ahí estabas tú, calavera, solo contra la página en blanco. Eran el pasado y el futuro convergiendo en un instante, en tres horas que se perderán en un océano de tiempo, sí, como lágrimas en la lluvia.
Suspendiste otra vez, tunante; apareció otro cuatro más, por no variar. Celebraremos el suspenso brindando, pues no sabríamos hacerlo de otra forma.


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