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Oxigenada

He vuelto a mi antiguo curro. He recuperado la rutina, los horarios y los cafés, la obsesión por la productividad, la bata blanca y la camisa metida por dentro. Llevaba una semana husmeando por la línea que produce los jarabes pero no había visto a la rubia. Cosas de los turnos, me decía. Y hoy, en el último momento, ya sí, estaba, estaba.

La rubia

(publicado originalmente en Postcards to Kiyoshi 2.0 el 24/dic/2006)

Se me saltan las lágrimas, fíjate lo que te digo”. Me lo dice Emilio, el operario gigantón que come a mi lado todos los días y al que he sorprendido mirando a la rubia como si se la comiera con los ojos. Estamos en el comedor de la empresa y la rubia, vaya rubia, hoy va sin la bata blanca y sin el uniforme de los operarios. A Emilio casi se le saltan las lágrimas y es que, así vestida, la rubia parece otra cosa. Pantalones que ciñen una silueta perfecta, cinturón de adorno plateado, suéter negro que confirma que todo está en su sitio. Así que no puedo evitar enganchar la mirada durante los preciosos segundos en que la rubia espera su turno en el buffet. Joder. Joder. Cómo está la rubia.

Había hablado con ella un par de veces sin advertir tanto encanto. Será la ropa industrial, que los hace a todos casi iguales, el blanco inmaculado de la industria farmacéutica, la personalidad individual disuelta entre las máquinas. Será que me propuse desde el principio no mirar demasiado a las operarias, que probablemente me verán como su enemigo natural, el cabrón del ingeniero al que sólo le interesa producir, producir, producir. Será que cada vez que me propongo algo lo incumplo, será que se en vez de un frío buenos días siempre se me escapa un holaaaaaaaa en plan colega que rompe el hielo y mis teorías.

Así que fui a la cena de empresa con malas intenciones. ¿Cómo iría vestida la rubia? Podría haber sido un conjunto hortera, un peinado cursi, un maquillaje excesivo. Podría haber sido una elección correcta pero inoportuna, pongamos que hablo de unos vaqueros y unas botas vaqueras a la moda, eficaz pero inapropiado para el lugar. Pero no. Iba de puta madre. Apuesta nuevamente por el negro, escote arriesgado pero sin caer en lo vulgar, contraste acertado con ese tono de piel tan blanquecino. Con un cuerpo así te queda bien cualquier cosa, reina, le decían los mecánicos.

Creo que al final salió a bailar. Estuvo mucho tiempo pensándoselo, contra mis expectativas, mientras sus compañeros de mesa competían en la pista con el protagonismo inicial de los jefazos bailones. Creo que salió a bailar pero yo elegí barra libre, una apuesta tan segura como vestir de negro en una noche de cena. Creo que me vino a dar dos besos para despedirse y creo que en el último momento me dijo algo de seguir la fiesta, algo de un Glass Café... Creo que me hice el estrecho, cómo no. Y es que ya saben, me propuse desde el principio no mirar demasiado a las operarias...

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Comentarios(2) »

  1. Julen — 23-10-2007 - 11:21:11 GMT 1

    Las operarias entraban en pequeños grupos, como buscando defensa de miradas potencialmente obscenas. Tacho potencialmente. No nos engañemos, son miradas obscenas. La taladrina lo envuelvía todo y dejaba en el aire un sofocante hedor testosterónico.
    Al fondo, junto a la máquina de soldadura láser, las operarias continuaban con su trabajo, bajo un pulcro manto de blancas batas. Aquel trabajo manual era de mujeres. Torpes, los hombres se quedaban atrás. Azul contra blanco, el uniforme delimitaba fronteras. Aquel blanco era la forma natural en que distinguir un mundo de calidad. El azul olía a taladrina.

  2. Grouchoo — 23-10-2007 - 11:32:21 GMT 1

    Como me gustan estos textos, si señor aquí hay literatura y de la que deja huella.
    Venga compañeros ánimo y suerte. Que lo del mecánico me ha encantado.
    Un abrazo y al del comentario también, que es muy bueno.

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