Maestro
Me gustan. Son pequeños y me gustan. He visto a sus madres traerlos en sus coches, hablar de ellos en la puerta de la Guardería mientras se suben al tobogán y ríen cuesta abajo. Cuando pongo el primer pie en la arena del patio me reconocen. Me llaman Maestro David. Vienen hacia mí corriendo y gritando y me pegan muchas veces. Me saludan en inglés. Yo les contesto en inglés porque se supone que soy su maestro inglés. Luego saludo en japonés a varias profesoras. Las profesoras llevan mandiles rojos y gorritos. Sonríen todo el tiempo, hasta cuando regañan.
Subo al cuarto de los profesores. Allí siempre hay alguien que me sirve café frío de una botella. Está en la segunda planta y miro a los niños mientras bebo. Luego repaso lo que haremos hoy. Está todo pensado y es por eso que sufro.
Llega la hora. Entro en un aula que parece un gimnasio. No tiene mesas ni sillas. Dejo mis tarjetas y mis papeles sobre un montón de bloques de colores. En cuanto me vuelvo, las dos profesoras que me ayudan ya pastorean a los casi veinte niños dentro del aula. Les saludo efusivamente. Soy un payaso. Grito, bromeo, les indico que se acerquen más, que se agrupen, que sean felices. Tomo las tarjetas y empiezo a preguntar. «Qué es esto». «Pantalones». «Qué es esto» «Camiseta». «Qué es esto». «Zapatos». Así hasta agotar el guardarropía en dos dimensiones.
Luego empiezan los juegos. A los niños les da igual el inglés, lo único que quieren es un juego, corretear, sacarme de quicio.
Forman un círculo y les hago pasarse un par de tarjetas de mano en mano a toda velocidad. Cuando digo «Alto» el que tiene la tarjeta en ese momento es el elegido, el que ha de encarar al maestro extranjero y hacer el ridículo ante los demás. Pero muchos alumnos no pasan la tarjeta, se la quedan y esperan a que yo diga «Alto». Quieren ganar o quieren que les haga caso. El día anterior, puse todas las tarjetas en un lado del aula y a los niños, de cuatro en cuatro, en el otro. Les gritaba «Sombrero», y los niños corrían a buscar la tarjeta del sombrero. Se mataban por cogerla. Se pisaban, se empujaban, volaban incluso para agarrar el papel plastificado. Algunas niñas me traían «Calcetín» y me decían: «Sombrero». Y yo les tengo que decir no a esa metáfora.
—No.
Y la niña se pone triste porque el sabihondo de la clase ya ha encontrado «Sombrero» y me lo trae sujeto contra el pecho, y hasta pronuncia «Sombrero» mejor que yo.
Tienen cinco años.
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Yo vi lo de los hikikomoris hace tiempo en un reportaje en la tele y la verdad es q me impacto bastante, xq ademas habia un monton de jovenes así.
Además q como no quieren salir de casa tampoco se pueden poner en tratamiento psicologico.