Morder y acariciar
-¿No creéis que os amo? –dijo de pronto.
Nos miramos fijamente durante siglos. Y la cabeza empezó a darme vueltas como si acabara de tomar un bebedizo. Abrí la boca para pronunciar palabras imprevisibles. Para besar, tal vez. No como antes había hecho ella en la plazuela de Santo Domingo, sino para imprimir en sus labios un beso mío, fuerte y largo, con ansias de morder y acariciar al mismo tiempo, y todo el vigor de la mocedad a punto de estallarme en las venas. Y ella sonrió a escasas pulgadas de mi boca, con la certeza serena de quien sabe, y aguarda, y convierte el azar del hombre en destino inevitable. Como si todo estuviera escrito antes de que yo naciera, en un viejo libro del que ella poseía las palabras.
El caballero del jubón amarillo - Arturo Pérez Reverte
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kiyoshi, siento mi letargo,
cómo estás viviendo el huracán?...
Estas bien?...
Necesitas algo?...
Me encanta esa escena.
un saludo
Jajajaja, ya me has calao, eh. Las fotos es lo que tienen. Sí, a ver si nos vemos.
Macho, creo que he tenido suerte con este primer trabajo, ya que afortunadamente me está alejando de la pura electrónica.